La trágica historia de Leo Mattioli, el cantante que tenía dos destinos marcados: la adoración popular y la muerte temprana

En aquel otoño de 2009 a Leo Mattioli se le iba la vida en una cama de la terapia intensiva de un hospital de Santa Fe. El diagnóstico: neumonía e insuficiencia cardíaca. Inducido al coma para poder ser intubado, estaba siendo asistido por un respirador artificial. Su presión era muy baja y el pronóstico, reservado. Por eso días en las redacciones de los diarios se actualizaba la necrológica ya reescrita en varias ocasiones, lista para ser publicada ante la confirmación del único desenlace que parecía posible

Leonardo Guillermo Mattioli nació el 13 de agosto de 1972 en Santa Fe. Se crió en un complejo de viviendas lindero al estadio de Colón conocido como Barrio Centenario. Ese fue el escenario de sus primeras shows: subía al árbol de la vereda de su casa para cantarles a los vecinos a viva voz.

A ese nene le costaba estudiar. Con mayor insistencia que esfuerzo completó la primaria, y en el secundario duró lo que tardaron en expulsarlo: una semana. Mamá María Isabel se sentó con su niño (ya adolescente), que luego del reto le confesó: “No quiero volver a la escuela, prefiero trabajar“. Hubo nuevos regaños, sí. Y más retos. Pero el jovencito se salió con la suya.

Para Marina Rosas, Leo era “el más lindo del barrio”. Y se enamoró. No, no: se enamoraron. Ella tenía 14 años y él estaba a días de los 18 cuando se pusieron de novios. Tuvieron un hijo pronto; enseguida otro más. Recién ahí formalizaron, no con una boda (jamás pasarían por el altar) sino con la convivencia: un tío de Marina les prestó “una piecita más chiquita que la mesa esta”, como recordó Mattioli en el living televisivo de Susana Giménez.

Pese a todos los pronósticos aquel corazón maltrecho no interrumpió sus latidos, y los pulmones parecieron recuperar el vigor que la neumonía había jaqueado. Así fue cómo en abril de 2009 la prensa debió archivar para otra ocasión esa necrológica varias veces actualizada: un par de semanas después de salir de terapia intensiva Leo volvería a brindar un recital…

En esa habitación mínima una garrafa se esforzaba para alimentar la pequeña hornalla de la cocina y darle temperatura -más tibia que caliente- al agua de la ducha. Pero esas cuatro paredes ya eran un hogar, el primer destino de la flamante familia. Hubo otros más en muy poco tiempo mientras Leo buscaba abrirse camino en la música.

Su aventura como cantante arrancó al incorporarse al grupo Trinidad con apenas 20 años. Y esa voz, el carisma, la presencia en el escenario, el romanticismo innato: Mattioli tenía todo para ser una gran estrella de la cumbia. Un locutor contratado para un show improvisó el apodo que terminó de sellar su destino como solista: “Damas y caballeros, con ustedes… ¡El León Santafecino!”.

En aquellos días de 2009 sus fans no hablaron de milagro, aunque le dedicaron innumerables cadenas de oración. Y en la noche de su regreso (un viernes muy frío, más invernal que otoñal), un Mattioli al que le costaba desplazarse sobre el escenario del Teatro Colonial de Lomas de Zamora les devolvió semejante adoración en forma de canciones. Entre los aullidos y los aplausos resultaba difícil oírlo, distinguir aquella voz un poco cansada, bastante más herida. El León ronroneaba antes que rugir, y le sobraba con eso: más que un sobreviviente, a esa altura era una leyenda

Con el éxito musical llegó el dinero. No de golpe claro, sino más bien de a pedacitos. Pero cada vez más. Y de ese mismo modo Leo fue construyendo su casa. La diseñó a mano sobre un papel, tanto la construcción original como las habitaciones que fue agregando a medida que la familia iba agrandándose: con Marina tuvieron seis hijos. Se instalaron en el Barrio Luz y Fuerza de la ciudad de Santo Tomé, desde donde alcanza con cruzar un puente por la Ruta 11 para regresar al Barrio Centenario. Leo nunca se alejó de sus orígenes.

Letras de amor y de erotismo: Mattioli escribía lo que vivía. Y el público se identificaba con lo que cantaba. “Soy un ser humano como cualquiera y a la gente le pasa lo que me pasa a mí”, decía este fanático de las armas, los autos y las joyas: en su mano derecha usaba un enorme anillo con la inscripción LEO, que se engarzaba a una pulsera mediante una cadena, todo en oro.

Cada mañana, Leo se despertaba a las 6.30 para hacerles el desayuno a sus hijos y llevarlos al colegio en la camioneta. Después a casa, para los mates con Marina, su mujer y su representante. Y el almuerzo familiar, luego de recoger a los chicos en la escuela. Así era la rutina semanal; los fines de semana venían los recitales. “Con la música puedo dejarle algo a cada uno de mis hijos -se entusiasmaba Leo-. Cuando mi viejo murió quedamos con una casa embargada y mil cosas, y no quiero que eso les pase a ellos”.

La época de furor trajo el exceso y los peligros: más de 10 shows cada noche, cruzando semáforos en rojo y yendo a alta velocidad para hacer a tiempo. No siempre lo lograba. Cierto día, en Jujuy, se presentó para dar el último recital ya siendo las 10.30 de la mañana del domingo. “Y la gente me estaba esperando…”, contaba Leo, orgulloso. Todo eso cambiaría con el accidente.

En Santo Tomé, uno de los últimos shows de Leo Mattioli

En aquella noche de 2009 Mattioli debió excusarse luego de cantar un puñado de temas: anunció que los músicos seguirán tocando mientras él se tomaría un descanso. Que le tuvieran paciencia, agregó, y caminó unos pasos hasta ocultarse al otro lado del telón del teatro El Colonial. Resguardado, se sentó en un banquito. La camisa entrabierta, el gesto apesadumbrado: estaba agitado. La neumonía había hecho estragos. Con la mano izquierda tomó la mascarilla de un respirador portátil. Luego de cada bocanada de oxígeno que recibía, casi salvadora, se la quitaba. Y le daba una pitada al cigarrillo que le habían encendido en la mano derecha. Minutos después, ya con otro semblante, regresaría al escenario para seguir cautivando a un público que ignoraba lo ocurrido detrás de escena, pero que quizás lo intuía

El 15 enero de 2000 el auto que lo trasladaba al regreso de una gira chocó en una ruta santafecina. Y Mattioli se encontró de frente con la muerte: fallecieron dos integrantes de su grupo (Sergio Reyes y Darío Bevegni), y su propia vida corrió peligro. En la cama del hospital en el que estuvo internado tres meses escribió las canciones del que sería nuevo disco, Un homenaje al Cielo, dedicado a sus viejos amigos. Cuando lo presentó en vivo Leo era otro: un león herido. Había perdido peso, se sostenía en las muletas y atenuaba con morfina los dolores de su cuerpo, lesionado en la columna vertebral.

A partir de entonces su corazón y sus pulmones (afectados por el cigarrillo) pagarían las consecuencias. Los shows se espaciaron y disminuyeron, las internaciones se hicieron frecuentes: una de 2006 en Santiago del Estero y esa de 2009 en Santa Fe, las más graves. El desenlace fatal se convirtió en una posibilidad cierta, y la prensa comenzó a reescribir su necrológica. “¡Tengo para muchos años más! Obviamente, si me cuido…“, le dijo Mattioli a Susana cuando la visitó en su programa. Era 2007. Tenía apenas 35 años.

El 7 de agosto de 2011, dos años después de aquel otoño de su regreso milagroso, una insuficiencia cardíaca lo derrotaría de una vez por todas en un hotel de Necoechea. Acababa de ofrecer un show en un teatro marplatense, en una banda que contaba con tres de sus hijos. Leo Mattioli murió seis días antes de cumplir 39 años, naciendo el mito que a nadie consuela. Porque con su partida la cumbia perdió al último de los románticos. Y su mujer, sus hijos, su familia, sus amigos no querían al ídolo, amaban al hombre. Aquel que se fue demasiado pronto. Y que todavía llorarán más de diez veces. Muchas más.

Fuente: Infobae

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